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miércoles, 13 de diciembre de 2017

Lecciones de las transiciones


Algo hay que aprender de la historia de la primera transición sobre los movimientos sociales y el proceso democrático. La presión de los movimientos trajo el cambio de la dictadura al sistema electoral vigente, pero cuando esa presión era más fuerte, en 1976, es cuando el sistema convocó un referéndum –con Adolfo Suá­rez–. Para que no pudiera seguir creciendo la fuerza acumulada de los mismos, para que al Gobierno no se le fuera de las manos el poder que aún mantenían. Los pactos de La Mon­cloa y de la Constitución del 78 desmovilizaron a los movimientos sociales –sindicales, vecinales, etc.– y orientaron toda la acción política hacia los juegos electorales de los partidos, los parlamentos y los ayuntamientos.
 Sobre todo los ayuntamientos desde 1979 incorporaron a los dirigentes de muchos movimientos, vaciando a estos de sentido, pues ya se gestionaban las necesidades sociales desde los partidos y sus alianzas. Pero aún más, cuando, en los 80, renace el movimiento contra la OTAN, o las luchas sindicales de CC OO y UGT, todo esto se vuelve a frenar con otro referéndum –con Felipe Gonzá­lez– que de nuevo autolegitima los pactos de Estado con el  capital y la hegemonía USA-Alemania. Estas desmovilizaciones sociales las pagarían caras, primero los sectores populares perdiendo sus derechos, pero también el PCE descomponiéndose y luego el PSOE perdiendo el gobierno.
Si los partidos de la derechona no le hacen caso a los empresarios y financieros no duran mucho en los gobiernos. Si las fuerzas alternativas no escuchan ni se basan en los movimientos sociales, tampoco duran mucho. Es una lección que podemos recordar para analizar la situación actual de esta nueva transición. Espero que esta generación no sea tan torpe como la nuestra, y no cometa los mismos errores. Los movimientos del 15M y las mareas no son sólo un punto de partida para el cambio, sino una metodología innovadora para poder construir procesos de larga duración, que van más allá de los movimientos y los partidos clásicos. Y esta novedad de los movimientos es lo que cabe aprovechar para nuevas formas democráticas.
 Tienen razón quienes recuerdan que la contradicción es sobre todo entre los de abajo y los de arriba y no tanto ideológica –en el sentido de la línea de partidos–. Pues lo que hemos vivido es que los ‘grupos motores’ de las comisiones del 15M o de las mareas de diversos colores se juntan para actividades y procesos muy concretos, no tanto para defender alguna teoría dominante o a algún partido o bandera que se creyese vanguardia de alguna estrategia. El que hayan aparecido Podemos o las candida­turas unitarias para los municipios no es más que lo más visible de lo que hay por abajo, y que en estos dos años electorales ha emergido. No es para siempre, es sólo lo más visible de un gran trasfondo generacional ante una crisis que va durar años.

Puede volver a pasar lo que en la transición ya vivida por la generación anterior, si sólo se ve lo electoral y gestiones de los partidos sin ver la creatividad social de los movimientos que son su base. De nuevo puede que los sistemas plebiscitarios y electorales, que llegan a sectores medios no tan concienciados, puedan anular la creatividad y el empuje para el cambio que significan los movimientos sociales más transformadores. En la sociedad de los “tres tercios” no basta ganar municipios con apoyo electoral suficiente, sino que es preciso movilizarse con los ‘dos tercios de abajo’, pues los capitales y sus medios no van a dejar sus privilegios sin lucha. Un movimiento social tiene que hacer un análisis desde dentro y no sólo esperar a que nos analicen desde fuera –desde la academia o desde los partidos– para clasificarnos según sus intereses.
Cada movimiento ha de hacer su estrategia ‘ciudadanista’ frente a las estrategias de tipo ‘populista’ o ‘gestionistas’. Los estudios desde dentro de ‘conjuntos de acción’ que llevamos años haciendo con movimientos sociales en varios países nos confirman estos tres tipos de posibilidades. Las estrategias de tipo ‘populista’ pueden estar bien para ganar electoralmente movilizando votos de castigo, pero  dependen mucho de la credibilidad de su liderazgo y del sistema vertical de articulación que precisan. Las estrategias ‘gestionistas’ son mucho más técnicas y dependen de dar resultados aún cuando no les apoyen sectores de base, o sea, que dependen de coyunturas económicas. Una estrategia ‘ciudadanista o de base’ no se basa en que desde el ‘populismo’ –chino, venezolano o peronista– nos resuelvan los problemas y les estemos agradecidos a los poderes. Tam­poco es ‘gestionismo’ con los gobernantes, con acuerdos entre dirigentes pero sin movilizar a la población. En ambos casos la población de base no se articula entre sí, ni se organiza con cierta autonomía propia, con estrategias propias.
 Una estrategia ‘de base o ciudadanista’ de un movimiento social razona desde dentro de sí mismo, al menos desde sus ‘grupos motores’, tanto para conseguir lo antes posible sus reivindicaciones como para mantenerse vivo en contacto con sus bases que le hacen creíble. Puede aprovechar que existan coyunturas de apoyo mutuo con algún conjunto de acción ‘populista’ o ‘gestionista’, pero su pervivencia depende de su autonomía ante los poderes. Es el caso de grandes movimientos en Latinoamé­rica, como el MST –los sin tierra brasileños–, o la CONAIE –los indígenas ecuatorianos–, etc. Re­tro­­alimentar constantemente los vínculos con las bases siempre les está dando fuerza y creatividad, pero también a la sociedad a la que aportan. La construcción de lo popular, de base o ciudadanista, no es aquel populismo de un movimiento mediático, sino la construcción de auto-organización desde abajo, con trasformaciones desde lo cotidiano e inmediato, y con las demandas y estrategias claras ante los poderes constituidos.
Estos movimientos tienen además una dimensión instituyente. No sólo porque sus reivindicaciones plantean una agenda política a las autoridades, no sólo porque se autogestionen muchos servicios propios siendo ejemplo de eficiencia social, sino también porque inician un ‘camino o circuito paralelo’ de otra democracia posible y más eficiente. Más allá de las democracias representativas, o incluso de las de control de los electos, están las ‘democracias de iniciativas’. No se trata de que elijamos a los mejores para que nos representen, o de que los controlemos para que no nos fallen en sus años de mandato. Se trata de otros sistemas que se construyen en paralelo para la planificación social o para los presupuestos participativos o para la ­autogestión de servicios. Los movi­mientos hacen asambleas participa­tivas –no sólo informativas– y grupos de trabajo, talleres de auto-formación, y se deciden prioridades con creatividad social y consensos amplios. Y sólo después se eligen portavoces o veedores para el seguimiento de los acuerdos. Son encargos concretos e imperativos para una tarea, no para mandar sino para ser mandados. Otras lógicas democráticas pueden construirse en paralelo a la representación habitual y darle más fuerza al cambio que se necesita. 






miércoles, 26 de octubre de 2016

Deciamos ayer......(Publicado en junio del 2014)

¿Democracia participativa en un movimiento electoral?


Entendemos que la estructura que se propone más adelante es una vía mixta entre un sistema electoral con primarias, basado en los votantes, pero con poca articulación de los activistas y sus posibles deliberaciones y aportaciones; y por otro lado un sistema de círculos de activistas –lo que llamamos “grupos motores” nosotros– cuya función suele ser más el dinamizar las democracias de base que el representar a la gente. Un sistema democrático es bueno que tenga distintas instancias de poderes según lo que se requiere para las distintas tareas que se han de realizar, y que por definición son complejas. Ni parece conveniente que haya un solo comité, círculo, o grupo decisorio de todo; ni que los grupos o círculos de base se erijan en representantes, cuando son voluntarios y no elegidos. Una asamblea local puede llegar a un 5% o máximo 10% de la población, y esto ya estaría muy bien. Pero si se quiere llegar al 99%, o al menos al 66% de simpatizantes de un proceso de cambio, hacen falta sistemas más abiertos de legitimidad. No es bueno confundir los sistemas electorales y representativos, con los sistemas de activistas surgidos de las iniciativas de la gente. Los dos son necesarios, cada cual tiene caminos experimentados y se pueden articular. Da igual que el comité o círculo de delegados venga de los círculos de base o de primarias, igual se puede burocratizar, y hay ejemplos históricos de sobra. Lo que parece necesario es mantener las diversas vías de legitimación abiertas y complementarias. Y estas vías o columnas de trabajo pueden ir cumpliendo diversas actividades, tanto institucionales como instituyentes. Lo que es más complejo es cómo se articulan entre sí según las circunstancias.

Un sistema alternativo puede tener unas bases asamblearias, pero sin mitificarlas. Por ejemplo, para que pueda participar mucha gente no deben ser más de 2 o 3 asambleas al año, y con propuestas claras de temas y funcionamiento. Pueden tener varias partes en su desarrollo, donde además de una explicación inicial y de rendición de cuentas, puede haber luego un reparto en grupos pequeños que puedan analizar y proponer, para al finalizar tomar algunas decisiones que sean centrales hasta la siguiente Asamblea por lo menos. Los electos, los círculos o los asesores, deben rendir cuentas y pueden hacer propuestas, y sobre estas se puede abrir los debates, con una dinamización adecuada, a un publico más amplio que los activistas, siendo lo más inclusivos posible. Si los círculos, por ejemplo, recabaron iniciativas de sectores de la población no organizados o de movimientos, éstas pueden enriquecer los debates y las propuestas.

Una “democracia de iniciativas” es mucho más interesante y democrática que solo una “democracia de control”. Si solo nos planteamos controlar a los electos, del propio partido o de otros, ya les estamos dejando toda la iniciativa a los que han salido representantes, y solo queda ver si lo hacen bien o mal y cambiarlos. Lo que se propone con las iniciativas de base –en los mejores sistemas de las planificaciones participativas se hace– es partir de la agenda de la gente, al menos para los asuntos más de fondo (programas, planes anuales), y debatir cómo se pueden articular y viabilizar. Esta es una base no tanto para resolver los problemas del día a día, sino para no desviarse del proceso de fondo, contando con las aportaciones más amplias posibles.

La tarea de los “grupos motores” no suele ser tratar de ser representativos, sino activos. Esta es una función esencial que prueba la dinámica no clásica de un movimiento. Si la gente quiere ser representativa debe presentarse a elecciones de tipo primario o definitivo, pero hace falta mucha más gente que no quiera esa función sino la de dinamizar los procesos. Y hay mucha gente dispuesta a estas funciones de formación-acción, de activismo en movimientos, de preparar los debates para programas y planes, etc. Si solo hay personas dispuestas a ir en las listas electorales, eso es un partido clásico, y tendrá el mismo futuro que los otros partidos que ya se conocen. El ritmo de estos grupos o círculos no puede ser de reuniones muy frecuentes, pues la gente tiene otras cosas que hacer –trabajos, movimientos, familiares, etc.–, pero al menos mensualmente deben seguir con las actividades que se auto-programen.

Otra cosa es una agenda del día a día, pues muchos problemas se plantean sin estar previstos. Un movimiento que quiera resolver los problemas de la gente ha de tener sistemas ágiles de respuestas. Una cosa es el poder ‘legislativo’, de ‘planificación’, o el ‘judicial’ que puede tomarse sus tiempos de deliberación y resolución, y otra cosa es contar con un ‘ejecutivo’ que resuelva cotidianamente. Es claro que el ‘ejecutivo’, los candidatos electos, han de seguir el programa, los planes, que se han debatido en las asambleas a propuesta de los círculos, y que han de rendir cuentas de sus actuaciones dentro de ese marco. Pero en el día a día han de tomar muchas resoluciones que no pueden esperar a los ritmos más lentos de las asambleas o de las primarias. En ese sentido han de tener una cierta autonomía para interpretar los acuerdos previos programáticos. Pero como puede haber fallos ha de ser posible tanto la revocación –si es grave la decisión– como la rotación para no acostumbrar a las personas sentirse como profesionales de la política.

Las candidaturas electorales son personas que se infiltran en un sistema que no está pensado desde la participación activa de los sectores de base. En ese sentido han de cumplir perfiles mediáticos para poder ser elegidos, pero al tiempo han de responder a mandatos ‘imperativos’ para que no se acostumbren a actuar por su cuenta. Los grandes problemas que hay que resolver tienen que ver con que las personas más persistentes en las reuniones, y más maquinadoras para conseguir puestos, suelen medrar en los partidos, y suelen acabar por imponer sus clientelas de arriba abajo. Practicar una buena formación-acción de base, vínculos con los movimientos sociales, y rendición de cuentas pueden ser formulas para que se aminoren estas tendencias elitistas. Y como se ha de contar con asesores, pues cada cual no sabe de todo, que estos equipos de asesores del día a día sean mixtos, pues la inteligencia colectiva es también un valor que deben aprender los cargos electos igual que las demás personas.
Asesores mixtos es una forma de formar equipos donde algunos expertos en algunas temáticas –medios de comunicación, legislación, economía, formación, etc.– pueden articularse con delegados o voluntarios que surgen de la base social, es decir, de los círculos y asambleas. Según los recursos disponibles habrá algunos profesionales pagados para estas funciones, pero puede haber otros que sean voluntarios. La complejidad jurídica de los sistemas en donde están infiltrados los electos los van a coartar por todos lados. Por eso han de actuar con doble eficiencia: hacia dentro de las instituciones con expertos en ellas para no quedar bloqueados; por fuera de las instituciones para seguir construyendo formación-acción con la gente y con los movimientos. Y en esta segunda parte tanto los asesores como los grupos motores suelen jugar un papel fundamental de extensión.

Propuesta

Es posible compatibilizar las vías para las tomas de decisiones ejecutivas del día a día con las deliberativas de participación social sobre formación, vinculación con movimientos y programas, que pueden realizarse en tiempos más dilatados. Proponemos cuatro vías de actuación o columnas de trabajo en paralelo que pueden interrelacionarse entre sí.

A) Candidaturas. Como se ha venido haciendo se basan en sistemas de primarias abiertas. De donde saldrán responsabilidades de gobierno o de oposición. Según los resultados que se obtengan en las distintas elecciones habrá ingresos para garantizar el funcionamiento de toda la estructura.

B) Asesorías. Pueden haber tres o más equipos asesores pero consideramos imprescindibles un equipo multimedia, otro jurídico-económico y un tercero de formación-acción para dinamizar círculos y asambleas para ir introduciendo un estilo de democracia participativa. Cada equipo debería contar con personas especialistas –profesionales y/o activistas– y algunos delegados/as de los círculos con experiencia en los respectivos temas. Se regirán por un ‘libro de estilo’ acorde con los principios de la democracia participativa. Los equipos deben existir al menos a nivel federal, autonómico y de grandes municipios. Habrá que evaluar qué gastos llevaría su funcionamiento.

C) Círculos. Una primera tarea sería la de Formación-acción para la dinamización local o del sector temático correspondiente, y recoger las iniciativas que surjan desde la gente, de abajo hacia arriba. La segunda tarea sería la vinculación con movimientos sociales de acuerdo a estrategias locales partiendo de mapeos de los procesos existentes. Una tercera tarea puede ser debatir los programas de Podemos y preparar planes anuales operativos. Las personas pertenecientes a los círculos de Podemos deberán hacer constar alguna forma de identidad y conexión para hacer posible las tareas y el estilo acordado.
Los círculos deberán impulsar la formación y debates presenciales e incluir algún sistema telemático para incorporar el máximo de personas e iniciativas.
Los acuerdos de cada círculo se comunicarán mediante una ficha preestablecida a los círculos de coordinación autonómica o federal.
Es conveniente que haya círculos de ámbito local, autonómico y federal. Al menos en estos últimos debería haber círculos por sectores temáticos.
Desde los ámbitos federal y autonómico se les preguntará a los círculos locales sobre las cuestiones programáticas y de planificación.

D) Asambleas. Se realizarán en torno a dos asambleas a lo largo del año, con la finalidad de establecer rendición de cuentas de candidatos/as, asesores/as y círculos; y para la aprobación de programas y priorizar planes operativos anuales. Otra tarea de estas asambleas puede ser la elección de delegados/as para formar parte de los equipos asesores y para los círculos autonómicos y federales. Estas delegaciones serán rotativas periódicamente, y pueden ser revocadas por las asambleas.
El funcionamiento de las asambleas puede ser mediante talleres abiertos a la población en base a las propuestas presentadas por los distintos círculos.

Se trata de un debate que precisa de adecuación a las prácticas más que a teorías previas que nos suelen hablar de lo que no debemos hacer más que de lo que ha sido un éxito.
mos
Tomás Rodríguez-Villasante Prieto es activista, profesor emérito de la UCM y miembro del CIMAS

http://www.attac.es/2014/06/28/democracia-participativa-en-un-movimiento-electoral/



miércoles, 13 de julio de 2016

Afrontar lo electoral


La situación no hace sino empeorar, incluso se rumorea que las manifestaciones provoquen un cambio de Gobierno hacia una solución tecnocrática PPSOE, que diera un nuevo aliento a los mercados financieros para seguir engañándonos. Ante esto, la fuerza en la calle es muy importante y hay que demostrarla sin ninguna duda, sobre todo en la dirección de no legitimar más de lo mismo, solo cambiando las caras y las promesas. Cada vez más no bastan las manifestaciones o huelgas, pues los poderes fácticos ya cuentan con ellas y están preparados.
En la enseñanza, por ejemplo, hay que pasar a tomar edificios y ponerlos a funcionar democráticamente con toda la comunidad escolar –como ya se inició con la marea verde–, y lo mismo en todos los sectores posibles. Pero aún con todo el activismo, lo crucial es que nos vayamos clarificando hacia qué alternativas políticas podemos girar. En América Latina se la sacudieron, y algunos, como Ecuador, no pagando parte de la deuda que se consideró ilegítima. Y en Europa el caso de Islandia también es un ejemplo de que se puede no pagar esas deudas especulativas en que nos metieron. En Grecia, el programa de auditoría y no reconocimiento parcial de la deuda ha sido un salto electoral importante.
Pero para entrar en el no pago de la deuda ilegítima necesitamos más fuerza política que desborde los márgenes del bipartidismo y las peleas de los pequeños partidos por ser los más ‘auténticos’. Necesitamos que las fuerzas de las asambleas indignadas y las mareas populares se orienten más allá de lo electoral que nos divide –votos a unos u otros, o no voto– y construir un horizonte común hacia un proceso de reforma constitucional o proceso instituyente. En primer lugar para quitar la cláusula impuesta en el Parlamento sobre la deuda. Hace falta pensar en clave del 66%de la población que no se dejó engañar por el Gobierno actual pero que aún puede estar pensando que otros partidos sí pueden dar la solución a esta crisis. Hay que recordarles a quienes confían en soluciones de este tipo que cuando Papandreu propuso un referéndum simplemente lo quitaron del Gobierno, y que cuando Syriza pudo ganar, la propuesta que se barajó en la UE fue echar a Grecia del euro.
No es cosa de un dirigente o de un partido, pues la propuesta de cambio que se enfrente a esta crisis tiene que ser más amplia. No es solo cuestión de una reforma electoral que favorezca a unos partidos u otros, sino de formas de democracias de base, participativas o radicales, donde la población pueda debatir sus iniciativas y tomar decisiones. Es desde la fuerza y debates de la población auto-organizada como lo han iniciado en Islandia. Los partidos seguirán jugando un papel mientras haya un sector amplio de la población que confíe en que ahí hay debates ideológicos, y posibles gestores expertos.
Lo más unitario sigue siendo el “no nos representan” y pedir la auditoría a la deuda, pero son aún fórmulas de control, no tanto propositivas e ilusionantes para poder iniciar un camino de futuro unitario y transformador. Hay que ir pasando de una democracia de control de la gestión desde las bases –que de todas formas no está de más– a unas democracias de base, en las que las iniciativas de la vida cotidiana tengan un camino claro para articularse y ejecutarse por sí mismas. Hay experiencias en el mundo que demuestran que se puede planificar participadamente, gestionar con asambleas, voluntarios y electos, y hacer seguimiento y control, también desde abajo a arriba. Este tipo de proceso constituyente es el que debemos seguir articulando. El debate político es necesario, pero no en clave ‘partidaria’, sino del nuevo modelo participativo y unitario.


miércoles, 16 de marzo de 2016

Sentirse haciendo,caminar preguntando

En Francia han pasado de quemar coches en las periferias a la movilización de jóvenes y sindicatos contra los contratos super basura. En nuestras ciudades, de las fiestas del botellón a estropear parquímetros en barriosperiféricos de Madrid. Parece que aquí las cosas no son tan radicales, pero el malestar de fondo de los“desaprovechados/desechables” sigue ahí, sin salidas más que en la barbarie o la revuelta. La sociedad de los patriarcas y de los mayores beneficios de las grandes empresas nos lleva a la guerra por el petróleo o a limpiar el chapapote de sus naufragios. En estos climas de violencia, ¿se pueden esperar nuevas sensibilidades, nuevas formas de movimientos?
El juego de la democracia electoral al uso o de las ONG aparece como un circo en el que participan algunos casi tapándose la nariz. Pero mucho más como voto de castigo alcontrario que por convicción propia, más por conseguir un trabajo menos indigno que porque se piense que se puede transformar algo. Es mucha más la orfandad y la indolencia ante este patriarcado que el sentirse creativos para organizarse, para sabersecapaces de sentirse haciendo, de caminar preguntando. Pero hay quien lo hace. Hay quienes están en nuevas formas de hacer política, quienes no se conforman con repetir las formas patriarcales heredadas. Porque la forma no es una cuestión formal.
Algunas sugerencias que nos llegan de (eco)organización (eco, que significa casa, morada o ámbito vital en griego) empiezan por uno mismo, por los nuestros, por los cercanos, los afines. El sentirse haciendo, el ser protagonistas y creativos, no sólo en charlas militantes o en Internet para hacer solidaridades, sino en construir acciones operativas. Si estás en una reunión que sirva para algo, que quede un plan de trabajo o un esquema que nos aclare qué hacer. Sentirse haciendo, sentirse aprendiendo, descubriendo algunascarencias propias, y las creatividades colectivas. Incluso hay técnicas para reírse de los propios prejuicios, o para priorizar por dónde construir estrategias.
Pero la (eco)organización no es el prefijo auto para mirarse el ombligo y discutir eternamente lo buenos que somos, y lo sectarios que podemos ser con los más cercanos. También aprendemos a hacer ‘mapeos’ locales y/o sectoriales del ecosistema en que nos movemos. No se trata de una organización-tipo igual y perfecta para todas partes, sino de cómo construir las redes imprescindibles en cada caso para poder salir del aislamiento, y las invisibilidades, en que solemos estar. Estamos aprendiendo que hay muchos más grupos y colectivos de los que nos parecen a nuestro alrededor. ¿Cómo escuchar a los otros colectivos, y sus diferencias, para hacer “conjuntos de acción” por causas concretas y operativas?
Algunos también ensayan democracias participativas para (eco)organizarse. Son lugares donde cada cual hace su propuesta, se mezclan grupos para construir algunas iniciativasy después se priorizan ponderadamente repartiendo los apoyos a las varias opciones hasta alcanzar ciertos consensos que les parecen más operativos. Hay diversas formas de hacerlo, pero nada que ver con votar a unos contra otros. La cuestión es poder construir alguna ‘idea-fuerza’ entre todos los presentes, que no sea una simple frase bonita, sino una motivación capaz de movilizar a sectores diferentes de la población de manera unitaria y eficiente.
Otros ‘ritos de paso’ por los que parece bueno pasar son los sistemas de control, evaluación y monitoreo. Es decir, ponerse a hacer cosas, ‘caminar’, y escuchar cómo va resultando, ‘preguntando’. Así, (eco)organizarse es tener un sistema ‘inteligente’ de rectificación sobre la marcha, de aprovechar todas las capacidades e iniciativas que surgen, fomentando la creatividad y la cooperación. Aunque suene un poco mal le podemos llamar Construcción Colectiva de la Acción y el Conocimiento Alternativo y Sustentable (CCACAS...). Sobre todo que no perdamos el sentido del humor, y que disfrutemos haciendo disfrutar.

Movimientos o/y elecciones

Las reglas del juego electoral están pensadas para garantizar gobiernos estables que respondan a un partido –o a un acuerdo entre ellos– que abarque entre el 30 y 50% del electorado. O sea, minorías suficientes para gestionar los intereses de la economía neoliberal. Los movimientos sociales, las movilizaciones del 15M y su extensión a las plazas, como las mareas temáticas que han extendido más aún la contestación, son el factor regenerador que podría cambiar los rumbos a las políticas especulativas. Pero para eso deben permanecer en sus constantes unitarias, no deberían disgregarse en opciones electorales o de abstención. Como movimientos, tienen la simpatía de un 60-70% de la población, pero solo el activismo de un tercio de la misma.
Si se plantearan ir a unos comicios perderían su fuerza por varias razones: por la división en los propios movimientos sociales, entre los que quieren votar y los que no. Porque el tercio intermedio de los electores –que votan al PSOE, IU, UPyD, etc. y que pueden simpatizar con los movimientos– ni se los imaginan como gobierno, ni lo que pueda ser una democracia participativa. Y porque la ley electoral y los medios económicos, y de marketing, están hechos a favor de la partidocracia reinante. La base está en mantener los movimientos y las mareas por encima de cualquier disputa partidista o abstencionista, y que nos podamos centrar en las reivindicaciones concretas. Cabe seguir avanzando con las mareas, más allá de los corporativismos, construyendo entre diversos sectores lo público como bienes pro-comunes a cogestionar desde la base.

Pero el problema del gobierno electoral continúa y no podemos desentendernos de él, pues sigue tomando decisiones. Y hay fuerzas electorales que van a pretender recoger la expresión de los movimientos indignados. Que IU, Compromís, AGE, CUP, etc. doblen sus votos puede ser interesante para sus militantes, pero para los movimientos, o para evitar que siga el dominio del bipartidismo, no significa demasiado. Por eso la exigencia a las formaciones electorales tiene que ser más allá de sus intereses de formación política, tienen que ser los intereses de ese 99% de la población, o al menos de esos dos tercios de la población que simpatizan con lo que han venido planteando los movimientos. En el Cono Sur ha habido candidaturas centradas en superar la crisis especulativa en que estaban y en una nueva constitución. En general no han sido candidaturas de partido, sino construidas alrededor de un programa simple con pocos puntos y con algunos líderes más bien antipartidocracia.
Vienen las elecciones europeas. La ventaja es que es circunscripción única y no es tan discriminatorio como votar por provincias. Se debería hacer una propuesta en los países periféricos para concurrir electoralmente como castigo a la troika, para abrir un replanteamiento de los acuerdos continentales. Para estas elecciones, que buscan una ruptura con las políticas de la UE, lo mejor sería reducirse a 4 o 5 temas estrellas que lleguen a los dos tercios más indignados de la sociedad: auditoría de la deuda, democracias participativas, sanidad y educación públicas, dinero para emprendimientos populares. Las cabezas de carteles electorales no deberían ser de partidos, pues la opinión general desconfía mucho de la clase política. Se trata de plantear y empezar a construir otras formas democráticas de base.