Algo hay que aprender de la historia de la primera transición
sobre los movimientos sociales y el proceso democrático. La presión
de los movimientos trajo el cambio de la dictadura al sistema
electoral vigente, pero cuando esa presión era más fuerte, en 1976,
es cuando el sistema convocó un referéndum –con Adolfo Suárez–.
Para que no pudiera seguir creciendo la fuerza acumulada de los
mismos, para que al Gobierno no se le fuera de las manos el poder que
aún mantenían. Los pactos
de La Moncloa y de la Constitución del 78 desmovilizaron a
los movimientos sociales –sindicales, vecinales, etc.– y
orientaron toda la acción política hacia los juegos electorales de
los partidos, los parlamentos y los ayuntamientos.
Sobre todo los ayuntamientos desde 1979 incorporaron a los
dirigentes de muchos movimientos, vaciando a estos de sentido,
pues ya se gestionaban las necesidades sociales desde los partidos y
sus alianzas. Pero aún más, cuando, en los 80, renace el movimiento
contra la OTAN, o las luchas sindicales de CC OO y UGT, todo esto se
vuelve a frenar con otro referéndum –con Felipe González–
que de nuevo autolegitima los pactos de Estado con el capital
y la hegemonía USA-Alemania. Estas desmovilizaciones
sociales las pagarían caras, primero los sectores populares
perdiendo sus derechos, pero también el PCE
descomponiéndose y luego el PSOE perdiendo el gobierno.
Si los partidos de la derechona no le hacen caso a los empresarios
y financieros no duran mucho en los gobiernos. Si las fuerzas
alternativas no escuchan ni se basan en los movimientos sociales,
tampoco duran mucho. Es una lección que podemos recordar
para analizar la situación actual de esta nueva transición. Espero
que esta generación no sea tan torpe como la nuestra, y no cometa
los mismos errores. Los movimientos
del 15M y las mareas no son sólo un punto de partida para el
cambio, sino una metodología innovadora para poder construir
procesos de larga duración, que van más allá de los movimientos y
los partidos clásicos. Y esta novedad de los movimientos es lo que
cabe aprovechar para nuevas formas democráticas.
Tienen razón quienes recuerdan que la contradicción es sobre
todo entre los de abajo y los de arriba y no tanto ideológica –en
el sentido de la línea de partidos–. Pues lo que hemos vivido es
que los ‘grupos motores’ de las comisiones del 15M o de las
mareas de diversos colores se juntan para actividades y procesos muy
concretos, no tanto para defender alguna teoría dominante o a algún
partido o bandera que se creyese vanguardia de alguna estrategia. El
que hayan aparecido Podemos
o las candidaturas
unitarias para los municipios no es más que lo más visible de
lo que hay por abajo, y que en estos dos años electorales ha
emergido. No es para siempre, es sólo lo más visible de un
gran trasfondo generacional ante una crisis que va durar años.
Puede volver a pasar lo que en la transición ya vivida por la
generación anterior, si sólo se ve lo electoral y gestiones de los
partidos sin ver la creatividad social de los movimientos que son su
base. De nuevo puede que los sistemas plebiscitarios y electorales,
que llegan a sectores medios no tan concienciados, puedan anular la
creatividad y el empuje para el cambio que significan los movimientos
sociales más transformadores. En la sociedad de los “tres
tercios” no basta ganar municipios con apoyo electoral suficiente,
sino que es preciso movilizarse con los ‘dos tercios de abajo’,
pues los capitales y sus medios no van a dejar sus privilegios sin
lucha. Un movimiento social tiene que hacer un análisis desde dentro
y no sólo esperar a que nos analicen desde fuera –desde la
academia o desde los partidos– para clasificarnos según sus
intereses.
Cada movimiento ha de hacer su estrategia ‘ciudadanista’
frente a las estrategias de tipo ‘populista’ o ‘gestionistas’.
Los estudios desde dentro de ‘conjuntos de acción’ que llevamos
años haciendo con movimientos sociales en varios países nos
confirman estos tres tipos de posibilidades. Las estrategias de tipo
‘populista’ pueden estar bien para ganar electoralmente
movilizando votos de castigo, pero dependen mucho de la
credibilidad de su liderazgo y del sistema vertical de
articulación que precisan. Las estrategias ‘gestionistas’ son
mucho más técnicas y dependen de dar resultados aún cuando
no les apoyen sectores de base, o sea, que dependen de
coyunturas económicas. Una estrategia ‘ciudadanista o de base’
no se basa en que desde el ‘populismo’ –chino, venezolano o
peronista– nos resuelvan los problemas y les estemos agradecidos a
los poderes. Tampoco es ‘gestionismo’ con los gobernantes,
con acuerdos entre dirigentes pero sin movilizar a la población. En
ambos casos la población de base no se articula entre sí, ni se
organiza con cierta autonomía propia, con estrategias propias.

Estos movimientos tienen además una dimensión instituyente. No
sólo porque sus reivindicaciones plantean una agenda política a las
autoridades, no sólo porque se autogestionen muchos servicios
propios siendo ejemplo de eficiencia social, sino también porque
inician un ‘camino o circuito paralelo’ de otra
democracia posible y más eficiente. Más allá de las
democracias representativas, o incluso de las de control de los
electos, están las ‘democracias de iniciativas’. No se trata de
que elijamos a los mejores para que nos representen, o de que los
controlemos para que no nos fallen en sus años de mandato. Se trata
de otros sistemas que se construyen en paralelo para la planificación
social o para los presupuestos
participativos o para la autogestión
de servicios. Los movimientos hacen asambleas
participativas –no sólo informativas– y grupos de trabajo,
talleres de auto-formación, y se deciden prioridades con creatividad
social y consensos amplios. Y sólo después se eligen portavoces o
veedores para el seguimiento de los acuerdos. Son encargos concretos
e imperativos para una tarea, no para mandar sino para ser mandados.
Otras lógicas democráticas pueden construirse en paralelo a la
representación habitual y darle más fuerza al cambio que se
necesita.